El trabajo social en atención social primaria (ASP / servicios sociales) vive un momento desafiante derivado de estar dejando de jugar el rol prescriptor de prestaciones sociales: para eso ya no somos necesarios/as, principalmente, tras la aprobación del IMV y la Ley de Dependencia. Por ello, creo que demostrar nuestro valor es el mayor reto que tenemos por delante: es el objetivo de este post.
El trabajo social es una disciplina madura, con una trayectoria sólida, herramientas contrastadas y una capacidad de impacto que se demuestra diariamente en infinidad de intervenciones y proyectos: no somos la «hermana menor» de nadie ni tenemos nada que envidiar a otras profesiones.
Institucionalmente, tenemos un reconocimiento claro: somos una de las pocas profesiones que tiene una «reserva de mercado», y no lo digo sólo por tener la exclusividad sobre la emisión del informe social sino porque, en ASP normalmente se pide tener el título, no como en muchísimos puestos en las administraciones públicas, donde lo que habilita es la oposición, pudiendo presentarse profesionales de un abanico de disciplinas amplio (por ejemplo, en museos y bibliotecas) y de hecho, eso hace que, también, podamos dirigir un centro no social a la vez que otras disciplinas.
El trabajo social (en ASP) es, hoy, fundamental porque trabaja en el terreno relacional y comunitario, donde asesoramos y acompañamos: un papel que tiene un valor enorme y que dudo pueda hacer la IA.
Es reconocido en todo el mundo: cuando viajas al extranjero, cualquiera sabe y reconoce qué significa «social services / social worker».
Lejos de ser una profesión “no querida”, es necesaria, valiosa y respetada: en mi actual puesto pasan por mis manos felicitaciones (¡por registro!) vinculadas a la atención recibida por mis compañeras (también quejas, pero principalmente sobre los plazos o prestaciones); además, leo múltiples datos de encuestas de satisfacción que indican que somos una profesión valorada y con la que, de manera general, la población está muy, pero que muy, satisfecha.
Por eso, desde hace años me revuelvo contra esa narrativa que asocia la identidad profesional al malestar físico / emocional, que generaliza el sufrimiento individual como destino cuasi-inexorable de la profesión y que coloca las causas (y las posibles soluciones) fuera: me da una pereza máxima, que diría mi hija pequeña. Reconociendo (y afrontando) las dificultades, creo que tenemos mucho que hacer al respecto, y cada quién, desde su lugar, tiene una parte en ello. Al menos, de no dejarse llevar por ese relato.
Por suerte, leo artículos/redes , y cuando puedo, suelo (lo recomiendo) participar en congresos / reuniones donde me encuentro con colegas que, lejos del victimismo crónico que a veces se proyecta en determinados foros, demuestran que tenemos una extraordinaria resiliencia ante las situaciones que hemos vivido. Y, lo mejor: me tropiezo con muchas compañeras/os que aceptan retos y disfrutan de ejercer esta profesión en los servicios sociales a pesar de la dificultades (como existen en todo sector). Felices y orgullosas de trabajar en los servicios sociales, vamos.
Si se me permite dar un consejo, colegas que me leéis: alejaos del lado oscuro de la fuerza; analicemos, revisemos, organicemos, mejoremos, compartamos (y copiemos sin pudor las buenas experiencias), presumamos (tiene un efecto multiplicador) de los avances con orgullo, miremos a las personas que tenemos delante, a la realidad social y del sistema en el que estamos inmersos (y del que formamos parte), resituémonos, afrontemos el riesgo de proponer, remanguémonos y salgamos al encuentro con las personas, en sus hogares, edificios, entidades, barrios: donde el trabajo social es y tiene un papel imprescindible.
Exprimamos esta gran profesión ejercida en los servicios sociales: vivámosla con pasión.
Ánimo
Nacho
