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Iatrogenia es el nombre que se da al acto médico que, a pesar de haber sido realizado debidamente, no ha conseguido la recuperación de la salud de un paciente. Es decir, que sin mala intención, finalmente no ha servido. Y aunque ya anteriormente hablé de ello, dedicaré esta entrada a si este fenómeno puede producirse al no usar la metodología grupal en la intervención social.


Os pongo 3 experiencias que vienen al caso:
  • Hace pocos años mi hijo mediano necesitó logopedia. Al principio nos sorprendió un poco, pero en la exposición inicial nos quedó claro que la metodología a emplear sería grupal.
  • Hace más años todavía, un familiar precisó terapia por depresión: la metodología grupal combinada con la individual fué la empleada. Y funcionó ( a pesar de la resistencia inicial por parte de la paciente).
  • Recientemente, atendí a una madre cuya hija sufría un grave trastorno alimentario: ya os podéis imaginar: terapia grupal para los pacientes, y para sus familiares (combinado con individual, claro). 

Por supuesto, también hay profesionales de la logopedia o la psiquiatría que atienden de manera individual. Y habrá quien piense que sólo es un medio para rentabilizar el tiempo de dedicación profesional, que también, pero creo que su beneficio en determinadas personas y problemas, es innegable (y optimizar el tiempo no es negativo, que yo sepa).


Estoy seguro de que podríamos llegar a un consenso sobre los perfiles sobre los que sería más adecuado aplicar técnicas grupales, como, por ejemplo, personas que se encuentran en un alto nivel de exclusión social y /o aislamiento, cuidadores y familiares de personas dependientes, o personas con una trayectoria prolongada de dependencia económica. Estoy seguro que podríamos encontrar muchos más, pero estos tres, me parecen de cajón.

Me pregunto qué efecto puede estar teniendo sobre muchos/as de nuestros/as usuarios/as la intervención individual exclusiva, sin, al menos, combinarla con la grupal en algunos casos (los más, pienso): ¿Estaremos produciendo IATROGENIA?.

En el caso de intervenciones sociales de largo recorrido ( e incluso generacionales), sabemos que la perpetuación de una relación profesional de dependencia en la intervención social en el que el/la ciudadano/a muestra reiteradamente sus carencias (como cualquiera de nosotros/as cuando acude a consulta médica: vamos a contar lo que nos duele) termina, tras 20 años –por ejemplo-, conformando un discurso que pasa a conformar la personalidad, y, por tanto, puede que esa persona, tras ese largo periodo, tenga aún más difícil salir del hoyo, sinceramente. ¿Podría evitarse? Tal vez sí. 

Y no quiero fustigar a nadie: el peso no está en el/la profesional (aunque animar, desde dentro, es más que deseable), como podría entenderse a priori: en los tres ejemplos anteriores la institución correspondiente ha considerado que el tratamiento grupal era parte de su cartera de servicios: no era cuestión de que a un profesional le gustase o no el rollo grupal: no creo que en ninguno de los tres casos llegue el/la técnico/a y diga si le apetece o no hacer grupos: ya se ha consensuado como forma de trabajo inherente al centro, y que previamente se ha entendido como  idónea para la recuperación de la salud o la superación de las carencias que existían.
¿Y en nuestro caso? A pesar de lo estudiado (aquello de la triple dimensión: “individual , grupal, comunitaria, todas fundamentales y complementarias”)… ¿depende de disponer de profesionales empecinados en ello? ¿o se entiende que es “parte” del tratamiento/intervención? Os lanzo esta reflexión para que cada quien piense en la idea, y, si lo ve oportuno, lo plantee en sus equipos, municipios, distritos, etc. En quince días (el próximo post no puede ser porque ya está en el horno) dedicaré otra entrada sobre por dónde empezar a hacer intervención grupal, que puede os interese si algo os ha picado con esta entrada, pero aviso: no está en los libros, jeje. El debate está servido.

Ánimo

Nacho

Hoy os dejo con una canción preciosa. Silvio Rodriguez: Me va la vida en ello: “Cierto que no prescindí de ningún laberinto que amenazara con un callejón sin salida. Ante otro más de lo mismo creí en lo distinto porque vivir era búsqueda y no una guarida”. 

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PELIGRO: IATROGENIA en SERVICIOS SOCIALES

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